En el año 2004 trabajaba yo con una ONG en Montenegro cuando recibí una llamada de mi jefe diciéndome que iba a llegar un cargamento de ayuda humanitaria con destino a Kosovo. El camión llegaría al puerto de Bar desde Italia y cruzaría todo el país hasta la frontera con Kosovo, pero en principio nosotros no debíamos hacer nada más que estar informados del asunto, ya que el conductor tenía mi número de teléfono y le habían dicho que contara con nuestra ayuda si tuviera algún problema.
Los problemas surgieron nada más desembarcar el camión y el chófer me llamó quejándose de la ineptitud de los funcionarios de aduana montenegrinos y pidiendo que le solucionara el papelón. Mandé a uno de mis abogados a ver qué pasaba, pero la situación era tan grave que me pidió que viniera yo también.
El camión era un remolque enorme con una variopinta carga de juguetes, ropa usada, sacos de arroz y alubias y latas de conserva. La inspectora de aduanas no permitía su entrada por la evidente razón de que estaba prohibido mezclar carga alimentaria con otros productos, a lo que el chófer respondía que la ropa y los juguetes habían sido desinfectados y esgrimía papeles y certificados en español pero que no me quedaban claros ni a mí, qué vamos a decir de aquella funcionaria.
Cuando por fin la conseguimos convencer de que estaba todo desinfectado y de que la carga iba en tránsito hacia Kosovo, un policía retiró la lona para contar los paquetes e inspeccionar el cargamento. Había cajas con los juguetes, la ropa, y decenas o centenares de sacos de plástico transparente con alubias y arroz. En los sacos, bichitos oscuros se movían entre los granos. La inspectora de aduanas dijo que de ninguna forma aquél camión iba a entrar en Montenegro.
El camionero, un hombre con una barriga del tamaño de los balones de playa que transportaba, con la camisa abierta hasta medio pecho y cadena de oro, tuvo la desfachatez de afirmar que aquella inspectora no tenía ni idea de nada y que los bichitos indicaban que precisamente la comida estaba sana, que si estuviera podrida no se meterían ahí, que se lo tradujera, que ya sabía él bien que lo que llevaba era perfectamente apto para el consumo y que ahí tenía los certificados fitosanitarios. Esperando a que la inspectora decidiera, el chófer me comenta cómo ha llevado decenas de cargas similares a montones de lugares y nunca ha tenido ningún problema, y que lo que esta mujer quería era que le pagara algo, que con cuánto creía yo que debía sobornarla.
Finalmente, no sé muy bien porqué ni cómo, pero creo que afortunadamente sin soborno de por medio, la inspectora accedió a que el cargamento transitara por Montenegro y tan satisfecho se fue el camión rumbo a Kosovo con su carga de juguetes, ropa usada y comida con bichitos.
Tardé bastante tiempo en enterarme de en qué consistía todo aquel asunto. En alguna capital de provincias de un país europeo, el director de una ONG regional organizaba una colecta humanitaria para enviar a un lugar en necesidad, en este caso Kosovo. Además de las donaciones de particulares, empresas alimenticias donaban excedentes de producción. Cuando había carga suficiente se buscaba que algún ayuntamiento u organismo público financiara el envío de ayuda humanitaria, es decir, los cargos de transporte. Y ahí estaba la trampa. El camionero barrigón, contratado por esa pequeña ONG, inflaba la tarifa y luego repartía las plusvalías con el infame director de aquella ONG local.
Yo aquello lo supe bastante tiempo después, pero en el ínterim, al ver las posibilidades de aquellos envíos, incluso llegué a organizar uno para un campo de desplazados gitanos en Montenegro, gitanos expulsados de Kosovo durante la guerra por los albanokosovares, que les consideraban “colaboracionistas” con los serbios, y que estaban (están todavía) desde 1999 hacinados en barracas en las afueras de Podgorica. En aquella ocasión el envío, además de comida, incluía decenas de estupendas cazadoras de cuero de la policía municipal de Madrid; a los desplazados gitanos les encantaron, eran de una calidad magnífica.
Mucho se ha escrito estos últimos días sobre la eficacia de los envíos humanitarios a raíz de la feliz liberación de los cooperantes secuestrados en Mauritania por la facción local de Al-Qaeda. Mi experiencia al respecto es ésta, la de ser testigo una vez, e instigador inconsciente la segunda, de una estafa al erario público de algún ayuntamiento y a las buenas intenciones de mucha gente que donaron ropa, juguetes o comida para personas en necesidad. Todo esto llegó a quien tenía que llegar, y sin duda les hizo bien, pero en otros muchos casos los envíos consisten en artículos que se pudren o empolvan en almacenes en algún país pobre, porque realmente aquello allí no hace falta, o no han recibido formación para utilizar los equipamientos, o sencillamente no hay corriente eléctrica a la que enchufar aquel aparato que un hospital del primer mundo ha dado de baja y con su mejor intención ha donado a alguna ONG.
Por desgracia hay quienes se aprovechan de las necesidades de unos y de las buenas intenciones de otros; compinchado con un transportista, es fácil luego inflar unas facturas que algún ayuntamiento pagará feliz porque son acciones que se venden bien a la opinión pública y tienen réditos políticos. Habrá sin duda muchos envíos humanitarios que salven vidas e incluso serán insuficientes, pero también los hay como éstos aquí descritos, simples pantomimas para que unos miserables se embolsen unos cientos de euros.





