Publicado por Miguel G. Lázaro en septiembre 2, 2010
En el año 2004 trabajaba con una ONG en Montenegro cuando recibí una llamada de mi jefe diciendo que iba a llegar un cargamento de ayuda humanitaria con destino a Kosovo. El camión llegaría al puerto de Bar desde Italia y cruzaría todo el país hasta la frontera con Kosovo, pero en principio nosotros no debíamos hacer nada más que estar informados del asunto y echar una mano si hiciera falta.
Los problemas surgieron nada más desembarcar el camión y el chófer me llamó quejándose de la ineptitud de los funcionarios de aduana montenegrinos y pidiendo que le solucionara el papelón. Uno de los abogados de la oficina fue al puerto a ver qué pasaba y no tardó en pedirme que viniera.
El camión era un remolque enorme que portaba juguetes, ropa usada, sacos de arroz y alubias y latas de conserva, carga cuya entrada no permitía la inspectora por la prohibición sanitaria de transportar alimentos con artículos usados. El chófer, de frente despejada, camisa abierta con crucifijo y barriga de tamaño de los balones de playa que transportaba, se mostraba honradamente indignado y esgrimía certificados de todo tipo que garantizaban la desinfección de la ropa y que los alimentos cumplían todas las normas fitosanitarias.
Los papeles no convencieron a la inspectora, pero sí la insistencia de que el cargamento iba en tránsito hacia Kosovo, y que si precintaban el camión, tendría la garantía de que ninguno de aquellos productos sospechosos de estar infectados acabaría en territorio nacional. A la inspectora la salud de los receptores de aquel camión debió importarle poco, porque accedió a aceptar los papeles como buenos. Entonces un funcionario levantó la lona para comprobar el cargamento, y allí estaban los sacos de arroz, y las cajas de balones de playa, y la ropa, y las latas, y en los sacos de plástico bichitos negros moviéndose entre los granos.
La inspectora lógicamente dijo que aquel cargamento no entraría en Montenegro por mucho que fuera en tránsito hacia Kosovo, a lo que el camionero respondió con arrogancia que aquella funcionaria no tenía ni idea de nada y que los bichitos indicaban que precisamente la comida estaba sana, que si estuviera podrida no se meterían ahí, que se lo tradujera. Es más, que él ya había llevado decenas de envíos similares a multitud de lugares y que era la primera vez que en su carrera humanitaria le ponían tales problemas, y que creía que en el fondo la mujer lo que quería era sacar tajada, y que con cuánto debía sobornarla.
Finalmente, no sé muy bien porqué ni cómo, pero creo que afortunadamente sin soborno de por medio, la inspectora accedió a que el cargamento transitara por Montenegro y tan satisfecho se fue el camión rumbo a Kosovo con su carga de juguetes, ropa usada y comida con bichitos.
Tardé bastante tiempo en enterarme de en qué consistía todo aquel asunto. En alguna capital de provincias de un país europeo, el director de una ONG regional organizaba una colecta de ayuda humanitaria para algún lugar en necesidad, como Kosovo. Además de las donaciones de particulares empresas alimenticias donaban excedentes de producción. Cuando había carga suficiente se buscaba que algún ayuntamiento u organismo público financiara el envío de ayuda humanitaria, es decir, los cargos de transporte. Y ahí estaba la trampa. El camionero barrigón inflaba la tarifa y luego repartía las plusvalías con el infame director de la ONG.
Todo aquello lo supe bastante tiempo después, pero en el ínterim, al ver las posibilidades de aquellos envíos, incluso llegué a organizar uno para un campo de desplazados gitanos en Montenegro, gitanos expulsados de Kosovo durante la guerra por los albanokosovares, que les consideraban “colaboracionistas” con los serbios, y que estaban (están todavía) desde 1999 hacinados en barracas en las afueras de Podgorica. En aquella ocasión el envío, además de comida, incluía decenas de estupendas cazadoras de cuero de la policía municipal de Madrid; a los desplazados gitanos les encantaron, eran de una calidad magnífica.

Niños gitanos en el campo de desplazados de Konik, en Montenegro, año 2004.
Mucho se ha escrito estos últimos días sobre la eficacia de los envíos humanitarios a raíz de la feliz liberación de los cooperantes secuestrados en Mauritania por la facción local de Al-Qaeda. Mi experiencia al respecto es ésta, la de ser testigo una vez, e instigador inconsciente la segunda, de una estafa al erario público de algún ayuntamiento y a las buenas intenciones de mucha gente que donaron ropa, juguetes o comida para personas en necesidad. Todo esto llegó a quien tenía que llegar, y sin duda les hizo bien, pero en otros muchos casos los envíos consisten en artículos que se pudren o empolvan en almacenes en algún país pobre, porque realmente aquello allí no hace falta, o no han recibido formación para utilizar los equipamientos, o sencillamente no hay corriente eléctrica a la que enchufar aquel aparato que un hospital del primer mundo ha dado de baja y con su mejor intención ha donado a alguna ONG.
Por desgracia hay quienes se aprovechan de las necesidades de unos y de las buenas intenciones de otros; compinchado con un transportista, es fácil luego inflar unas facturas que algún ayuntamiento pagará feliz porque son acciones que se venden bien a la opinión pública y tienen réditos políticos. Habrá sin duda muchos envíos humanitarios que salven vidas e incluso serán insuficientes, pero también los hay como éstos aquí descritos, simples pantomimas para que unos miserables se embolsen unos cientos de euros.