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The Whistleblower: Cine valiente que nos recuerda el poder de la opinión pública.

Publicado por Miguel G. Lázaro en septiembre 20, 2011

The Whistleblower, retitulada “La verdad oculta” pero literalmente “la delatora”, es un cuasi-thriller policíaco ambientado en la Bosnia y Herzegovina de finales de los años 90. Una película de conspiraciones, malos malísimos y una heroína, Kathryn Bolkovac, que se enfrenta a miembros de la ONU por hacer pública una dolorosa verdad: que los ‘internacionales’ participan en redes de explotación y tráfico de mujeres. Una historia doblemente terrible porque es real, y porque con otros escenarios y otros protagonistas no deja de repetirse en la actualidad.

Cartel promocional utilizado en algunos países de Latinoamérica.

Rachel Weisz, Monica Bellucci y Vanessa Redgrave son las caras conocidas que dan visibilidad comercial al film, el primer largometraje de la directora Larysa Kondracki. Weisz convence en su interpretación de la policía norteamericana Kathryn Bolkovac, quien en 1999 fue contratada por una empresa privada para trabajar en la fuerza internacional de policía de la ONU en Bosnia y Herzegovina. Allí se hace cargo de la oficina de género, desde la que investiga casos de tráfico de mujeres del Este de Europa. Con horror descubre que sus compañeros de la comunidad internacional no sólo son clientes habituales de los prostíbulos, sino que participan activamente en las redes de tráfico de seres humanos.

La película narra los pormenores de la investigación que realizó Bolkovac, y denuncia con eficacia la doble moral que en ocasiones reina en estas organizaciones internacionales. También condena el oportunismo criminal de aquellos trabajadores internacionales que, escudándose en la inmunidad de su estatus y en el anonimato del extranjero, se comportan como nunca lo harían en su país. Es un film duro pero interesante, que cabalga en un ritmo de thriller muy apropiado que consigue atrapar con facilidad.

La valiente denuncia de Kathryn Bolkovac provocó un escándalo mediático que creció con rapidez al dar repercusión pública a situaciones similares. Como consecuencia el Secretario General Kofi Annan publicó un Boletín titulado “Medidas especiales de protección contra la explotación y el abuso sexuales”, que fue acompañado por la creación de una Task Force específica contra los abusos por parte de los funcionarios de la ONU y demás personal.

Naciones Unidas ha implantado una política de “tolerancia cero” respecto al comportamiento de su personal, que incluye la prohibición del “intercambio de dinero, empleos, bienes o servicios por sexo”. El problema es que la ONU no tiene capacidad para hacer castigar a los infractores más allá de la sanción administrativa, o como máximo con el despido. El Estado del que sea nacional el individuo es el único que puede iniciar medidas penales, pues el personal de la ONU goza de inmunidad y no puede ser juzgado en el país donde se encuentra en misión. Aunque la tolerancia cero es aplicada por Naciones Unidas, que repatría a quienes se demuestra que han cometido abusos, no suele trascender que después se les juzgue ni que cumplan condenas.

Lo más escalofriante es que probablemente tan sólo conocemos la punta del iceberg, y que el miedo de las víctimas impide la mayoría de las veces la denuncia de los abusos. “Nadie a quien dirigirse” es el título de un informe de la rama británica de Save the Children, en el que se denuncia la dimensión de los abusos a menores por personal internacional, y condena la total y absoluta indefensión de estas niñas y niños.

La ONU debe presionar para que la política de “tolerancia cero” sea asumida y puesta en práctica de forma firme por los Estados miembros. Esta política no será efectiva mientras el único castigo seguro para los proxenetas, agresores y abusadores sea un billete de vuelta a casa. Pero lo cierto es que la ONU tiene poca capacidad para tomar cartas reales en el asunto, y mucha dependencia de las aportaciones voluntarias de sus países miembros para mantener a más de 120.000 individuos en 16 misiones. A la ONU no le conviene incomodar demasiado a un Estado que aporta tropas, exigiendo que juzgue a los criminales. Este papel parece por tanto reservado a la opinión pública de esos propios Estados, y que, sensibilizada con la cuestión, reclame el esclarecimiento de los hechos y exija responsabilidades penales si se demostraran los abusos.

Sin duda este es el gran mérito de esta película, que contando de forma ágil la historia, y sin ser más escabrosa de lo estrictamente necesario te posiciona de forma inexcusable del lado de la víctima, y firme en la exigencia irrenunciable de castigar al agresor. Es una cinta que ayuda a crear ciudadanía y a exigir responsabilidad a los Estados, un film que, esperemos, contribuirá al triunfo de la tolerancia cero real frente a la explotación y los abusos sexuales cometidos por el personal internacional.

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La película ha sido estrenada este verano en varios países pero todavía no está confirmada su proyección en España.

El guión mantiene los nombres reales de Kathryn Bolkovac y de Madeleine Rees, que fue la Alta Comisionada para los Derechos Humanos en Bosnia y Herzegovina (interpretada por Vanessa Redgrave). Se alteran en cambio los nombres de otros implicados, como la compañía de servicios militares subcontratada por EE UU y para la que trabaja Bolkovac, DynCorp, que pasa a llamarse Democra, o la Organización Internacional de las Migraciones para la que trabaja una gélida Monica Bellucci es llamada Global Desplacement Agency.

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Para saber más: Imprescindible el artículo del Washington Post (mayo de 2001) sobre la repercusión del escándalo. Artículo de Foreign Policy (sept 2011) sobre la expulsión reciente de la ONU de la que fue la jefa y cómplice de Bolkovac en Bosnia, Madeleine Rees.

Además del informe de Save the Children (de 2008), hay dos informes del año 2002 dedicados a destapar la trata de mujeres hacia Bosnia y Herzegovina para utilizarlas como esclavas sexuales. En ellos se menciona la participación de miembros de los cuerpos policiales españoles:  International Crisis Group (mayo de 2002), y Human Rights Watch (noviembre 2002).

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Enlaces relacionados: Angelina Jolie vs. Bosnia y Herzegovina” (a propósito de su película “En tierra de sangre y miel”)

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Una triste experiencia con la ayuda humanitaria

Publicado por Miguel G. Lázaro en septiembre 2, 2010

En el año 2004 trabajaba con una ONG en Montenegro cuando recibí una llamada de mi jefe diciendo que iba a llegar un cargamento de ayuda humanitaria con destino a Kosovo. El camión llegaría al puerto de Bar desde Italia y cruzaría todo el país hasta la frontera con Kosovo, pero en principio nosotros no debíamos hacer nada más que estar informados del asunto y echar una mano si hiciera falta.

Los problemas surgieron nada más desembarcar el camión y el chófer me llamó quejándose de la ineptitud de los funcionarios de aduana montenegrinos y pidiendo que le solucionara el papelón. Uno de los abogados de la oficina fue al puerto a ver qué pasaba y no tardó en pedirme que viniera.

El camión era un remolque enorme que portaba juguetes, ropa usada, sacos de arroz y alubias y latas de conserva, carga cuya entrada no permitía la inspectora por la prohibición sanitaria de transportar alimentos con artículos usados. El chófer, de frente despejada, camisa abierta con crucifijo y barriga de tamaño de los balones de playa que transportaba, se mostraba honradamente indignado y esgrimía certificados de todo tipo que garantizaban la desinfección de la ropa y que los alimentos cumplían todas las normas fitosanitarias.

Los papeles no convencieron a la inspectora, pero sí la insistencia de que el cargamento iba en tránsito hacia Kosovo, y que si precintaban el camión, tendría la garantía de que ninguno de aquellos productos sospechosos de estar infectados acabaría en territorio nacional. A la inspectora la salud de los receptores de aquel camión debió importarle poco, porque accedió a aceptar los papeles como buenos. Entonces un funcionario levantó la lona para comprobar el cargamento, y allí estaban los sacos de arroz, y las cajas de balones de playa, y la ropa, y las latas, y en los sacos de plástico bichitos negros moviéndose entre los granos.

La inspectora lógicamente dijo que aquel cargamento no entraría en Montenegro por mucho que fuera en tránsito hacia Kosovo, a lo que el camionero respondió con arrogancia que aquella funcionaria no tenía ni idea de nada y que los bichitos indicaban que precisamente la comida estaba sana, que si estuviera podrida no se meterían ahí, que se lo tradujera. Es más, que él ya había llevado decenas de envíos similares a multitud de lugares y que era la primera vez que en su carrera humanitaria le ponían tales problemas, y que creía que en el fondo la mujer lo que quería era sacar tajada, y que con cuánto debía sobornarla.

Finalmente, no sé muy bien porqué ni cómo, pero creo que afortunadamente sin soborno de por medio, la inspectora accedió a que el cargamento transitara por Montenegro y tan satisfecho se fue el camión rumbo a Kosovo con su carga de juguetes, ropa usada y comida con bichitos.

Tardé bastante tiempo en enterarme de en qué consistía todo aquel asunto. En alguna capital de provincias de un país europeo, el director de una ONG regional organizaba una colecta de ayuda humanitaria para algún lugar en necesidad, como Kosovo. Además de las donaciones de particulares empresas alimenticias donaban excedentes de producción. Cuando había carga suficiente se buscaba que algún ayuntamiento u organismo público financiara el envío de ayuda humanitaria, es decir, los cargos de transporte. Y ahí estaba la trampa. El camionero barrigón inflaba la tarifa y luego repartía las plusvalías con el infame director de la ONG.

Todo aquello lo supe bastante tiempo después, pero en el ínterim, al ver las posibilidades de aquellos envíos, incluso llegué a organizar uno para un campo de desplazados gitanos en Montenegro, gitanos expulsados de Kosovo durante la guerra por los albanokosovares, que les consideraban “colaboracionistas” con los serbios, y que estaban (están todavía) desde 1999 hacinados en barracas en las afueras de Podgorica. En aquella ocasión el envío, además de comida, incluía decenas de estupendas cazadoras de cuero de la policía municipal de Madrid; a los desplazados gitanos les encantaron, eran de una calidad magnífica.

Niños gitanos en el campo de desplazados de Konik, en Montenegro, año 2004.

Mucho se ha escrito estos últimos días sobre la eficacia de los envíos humanitarios a raíz de la feliz liberación de los cooperantes secuestrados en Mauritania por la facción local de Al-Qaeda. Mi experiencia al respecto es ésta, la de ser testigo una vez, e instigador inconsciente la segunda, de una estafa al erario público de algún ayuntamiento y a las buenas intenciones de mucha gente que donaron ropa, juguetes o comida para personas en necesidad. Todo esto llegó a quien tenía que llegar, y sin duda les hizo bien, pero en otros muchos casos los envíos consisten en artículos que se pudren o empolvan en almacenes en algún país pobre, porque realmente aquello allí no hace falta, o no han recibido formación para utilizar los equipamientos, o sencillamente no hay corriente eléctrica a la que enchufar aquel aparato que un hospital del primer mundo ha dado de baja y con su mejor intención ha donado a alguna ONG.

Por desgracia hay quienes se aprovechan de las necesidades de unos y de las buenas intenciones de otros; compinchado con un transportista, es fácil luego inflar unas facturas que algún ayuntamiento pagará feliz porque son acciones que se venden bien a la opinión pública y tienen réditos políticos. Habrá sin duda muchos envíos humanitarios que salven vidas e incluso serán insuficientes, pero también los hay como éstos aquí descritos, simples pantomimas para que unos miserables se embolsen unos cientos de euros.

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