Balcanes y la UE: novios que no se conocen.

Durante los años que llevo viviendo en la región he conocido decenas o más bien centenares de jóvenes que habían estudiado o trabajado en el extranjero, muchos de ellos gracias a las innumerables becas que centenares de instituciones, públicas y privadas, occidentales en su mayoría, ofrecen de forma regular e incansable a las nuevas generaciones de los Balcanes.

Sinceramente, en algún momento tuve el injusto pensamiento de que esta juventud tiene más posibilidades de salir a estudiar o a hacer prácticas en el extranjero que los jóvenes españoles. Es cierto que nosotros disfrutamos del programa Erasmus, becas pre y post-doctorales y otras muchas posibilidades, pero es probable que per capita las oportunidades de salir al extranjero sean mayores para un estudiante serbio, bosnio o montenegrino. Sea esta reflexión fundada o no, en los últimos días un par de anécdotas me han hecho pensar que en realidad, TODOS los jóvenes de la región deberían pasarse una temporada en el extranjero. Aunque cueste una fortuna. Aunque sea una locura.

La reacción de los que regresan de una estancia en Occidente suele ser una combinación de reafirmación de las raíces (“qué bonito es mi país y cómo me gusta mi cultura”) y a la vez de pesadumbre por el retorno a un nivel de vida muy inferior con mínimas posibilidades de promoción y puesta en valor de lo adquirido en el extranjero. Pero de alguna forma ya han adquirido un referente personal, subjetivo pero propio y no adquirido a través de la televisión o internet, un referente que les puede motivar en su acción profesional, política y ciudadana.

Todos los días la prensa, radio y TV bombardean a los ciudadanos con innumerables referencias al proceso de integración europea. La Comisión Europea dice esto, Solana aquello, la OTAN anima a esto, el Alto Representante critica lo otro, la OSCE, la OCDE, el Parlamento Europeo, el Consejo de Europa, el Comité de las Regiones… todos dicen algo, imponen o recomiendan, aplauden o censuran, y los gobiernos reforman o buscan justificaciones, pero la UE y la integración es omnipresente, omnisciente, inevitable.

Como pasa en otros países incluyendo la mayoría de los miembros de la UE, las reformas impopulares son culpa de Bruselas mientras que las que se entienden como positivas se las anotan los políticos locales. Las continuas referencias a la UE y los costes de la adhesión, además de la afrenta al orgullo que supuso la adhesión de Rumanía y Bulgaria, países vistos como mucho más atrasados que los de la antigua Yugoslavia, hacen que el euroescepticismo se extienda como una mancha de aceite en aguas turbulentas. Son muchos los ciudadanos que no están tan seguros de las ventajas de la integración en la UE, y sobre todo de si la ventaja más perceptible de la adhesión (el visado!) merece los costes de la adhesión. Y lo cierto es que resulta muy difícil convencerles de lo contrario.

Estos días he escuchado varios de estos comentarios euroescépticos, a los que podemos sumar las declaraciones de Milo Djukanovic, Primer Ministro de Montenegro, sobre la afirmación de Javier Solana de que Montenegro está cada día más cerca de la Unión Europea (25 de noviembre): Milo dijo que “los intereses son incontestables. Varias veces he insistido en que no es mayor el interés de Montenegro y los países de los Balcanes Occidentales de estar en la Unión Europa, que el que tiene la Unión de que estos países se integren en su seno”.

Entre una masa escéptica y desmoralizada y unos líderes políticos que juegan al tira y afloja con la Unión Europea la cosa pinta bastante gris. Si ya en los países miembros de la UE el conocimiento que tenemos de la institución que decide sobre nuestras vidas es mínima, en esta zona de Europa, en la que la UE puede suponer por fin el colchón que amortigüe las tensiones latentes dominantes, la población debe conocer de primera mano quién es esa deidad a quien en cuyo nombre se invocan grandes sacrificios. Las nuevas generaciones, aquellas sin memoria histórica de la próspera convivencia en la Yugoslavia de los años 70 y principios de los 80, deberían tener la oportunidad de conocer a sus vecinos presentes y futuros, y el mejor contacto es el directo, pues el conocimiento es la base del respeto y la tolerancia. Y por supuesto, de la voluntad, la acción política y el ejercicio democrático. Y todos estos países, sin excepción, necesitan urgentemente ciudadanos conscientes, educados en tolerancia, con amplitud de miras más allá de sus fronteras, con objetivos vitales que les animen a la acción política, ciudadanos libres no manipulables por unas elites nepotistas, oportunistas y peligrosas.

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