Fulanito y el profesor (anécdota de una visita al urólogo)

Menganita le dice a Fulanito que ha tenido una infección vaginal, nada especialmente serio si se descubre a tiempo, pero ha tenido que tomar antibióticos así que toca ponerse el preservativo y dejarse de tonterías. Es más, la ginecóloga le ha dicho que lo mejor sería que su pareja, Fulanito, también se hiciera un análisis en el urólogo para ver si es portador de las Clamidias, porque probablemente sean las causantes de la infección.

Fulanito se hace los clásicos análisis de sangre y se entera de que para los análisis urológicos de ETS toman muestras del pene y de la uretra que luego envían al laboratorio. Después de unos días en los que Fulanito cada mañana no ha podido evitar estremecerse cuando se limpiaba las orejas con los bastoncillos, coge el folleto de la clínica privada que la ginecóloga le ha dado a su chica, y pide hora con el “profesor” que ha recomendado. El mejor, ha dicho.

El profesor está de vacaciones pero una mañana encuentra un rato para verle. “Sea puntual, por favor -dice la señorita por teléfono- el profesor hace una excepción interrumpiendo su descanso”. Puntual es Fulanito pero no el profesor, un hombre gordete, calvito y ciertamente con aspecto de profesor, que con su bata blanca sobre la camisa de cuadros podría serlo incluso en un parbulario.

Unas vísceras sanísimas

En su bosnio chapucero Fulanito le intenta explicar el asunto a aquel señor: que en un análisis ginecológico han encontrado una infección a su pareja, y que la ginecóloga ha dicho que puede que sea él (Fulanito) quien la haya contagiado o que se haya infectado posteriormente, así que viene a hacerse el análisis pero que no habla de SIDA, sino de otras pruebas de bacterias o algo así. El profesor asiente y le dice que se tumbe en la camilla y que se suba la camiseta y desabroche el pantalón.

Camiseta por las axilas y pantalón desabrochado, el profesor palpa el abdómen de Fulanito y le pide que se recueste mirando a la pared. Siente entonces algo fresco en el lomo y el enseguida el profesor le dice que el riñón está bien. Primera sorpresa: ¡el profesor le está haciendo una ecografía! Fulanito le pregunta si ha entendido qué es lo que quiere, y el profesor dice que sí y que se dé la vuelta, algo más de gel fresquito y la confirmación de que el otro riñón también está bien. Luego el gel y la maquinita van al abdomen y la pantalla muestra algo que parece un alienígena, pero el profesor confirma que la vejiga y la próstata están perfectamente y pide a Fulanito que se baje el pantalón y los calzoncillos.

Comienza entonces a tocarle los testículos, y Fulanito le pregunta si no se va a poner guantes. “Me lavaré las manos después”, dice. Antes de que Fulanito pueda reaccionar le está tocando el pene y en un par de segundos afirma “está usted perfectamente, no tiene ningún problema de salud”.

Fulanito no se lo puede creer, ¿qué ha pasado con los bastoncillos? Le pregunta si está seguro de lo que dice. “Absolutamente, usted no tiene ninguna enfermedad”. O sea, ¿puedo tener relaciones sin preservativo? El profesor le confirma que todo está en orden. Fulanito empieza a creer que el profesor le está tomando el pelo, así que intenta explicarle lo de los bastoncillos y las enfermedades que transmiten bacterias que una ecografía no puede mostrar, y que tampoco van a sentir sus dedos, aun sin guantes. “Ah, pero eso es una analítica y nosotros no tenemos laboratorio, pero no se preocupe, que está todo bien”.

Y ahí se sienta a escribir un informe de dos líneas que acompaña con fotografías de los monstruos que Fulanito tiene en su barriga. Las ecografías y la confirmación de que está todo en orden le cuestan 50 euros a Fulanito, que sale de allí asustado pensando a cuántos novios habrá enviado allí la ginecóloga de su chica, a quienes el profesor les dice que pueden dejar de utilizar preservativo después de unas ecografías.

El diagnóstico del profesor confirma que no hay problemas patológicos en próstata, vejiga y riñones

5 Respuestas a “Fulanito y el profesor (anécdota de una visita al urólogo)

  1. Pues me recuerda a la historia de Chunguito.

    Unos días después de disfrutar de una noche maravillosa, Chunguito vio que se encontraba unas movidas blancas en las amígdalas. Chunguito pensó que sería cosa de la noche maravillosa y acudió a los servicios sanitarios de la República ex-yugoslava en la que entonces vivía, que no era Bosnia. La doctora que primero lo atendió no tenía ni puta idea de lo que aquello era y le dijo que se tomara una caja de antibióticos, a razón de una pastillita al día. Dos semanas estuvo tomando la pastillita Chunguito, y las movidas blancas no mostraban intención de irse (ni hacían nada malo, aparte de estar). El caso es que al acabar la cajita, Chunguito volvió al médico (otra médica; por cierto, muy guapa, y pensó Chunguito en más noches maravillosas). Ésta le dijo que la dichosa caja era para tomársela en una semana, dos pirulas por día, no una al día, como le había recetado la otra (estaba escrito en la receta, Chunguito era inocente, pero a esas alturas ya casi había escrito testamento). El caso es que la segunda doctora le mandó otra cajita: tres pastillas, tres, en la caja de Sumomed; a no tomar demasiado, que no es moco de pavo. Así que Chunguito, que ya llevaba dos semanas metiéndose antibióticos, obedeció de nuevo, aunque sin mucha fe. Al tercer día, las movidas blancas ya no lo eran tanto, habían empezado a caerse y Chunguito decidió no volver a mirarse la garganta en un tiempo.

    Poco antes de regresar a su país de origen, Chunguito tuvo otra noche maravillosa (“el año de Chunguito”, podríais pensar; pero no: así, lo que se dice maravillosas, fueron solo esas dos noches). Al aterrizar en la Madre Patria, volvía a tener cosas blancas en las amígdalas. Fue a una doctora y ésta, demostrando profesionalidad, le dijo que ni papa y que se fuera a un otorrino. El otorrino (único médico varón de la historia, pero no pretendo insinuar nada) casi se ríe de Changuito por preocuparse de lo que tenía, que no guardaba relación alguna con noches maravillosas, solo con cosas de las amígdalas mismas, y lo solucionó en un periquete.

    ¿Qué problema hay en decir “no tengo ni puta idea”? Es la respuesta correcta a la mayoría de las preguntas.

  2. He tenido la suerte de compartir algunas salidas nocturnas con Fulanito y, en verdad, creo que todo lo que le pase se lo tiene merecido. Vos Miguel cuidate y no hagás lo que Fulanito…
    S.

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