Bosnia y Herzegovina: divagando entre el colapso interno y la reconciliación regional

Soplan aires positivos y de reconciliación regional en los Balcanes gracias a los avances de la justicia y a la voluntad cooperativa de algunos gobiernos, pero en Bosnia y Herzegovina las relaciones políticas entre las comunidades han provocado una de las crisis más graves de la postguerra. Jordi Martín, geógrafo que ha realizado estudios pioneros sobre la región, analiza la situación en este artículo.

Desde las guerras de los años 90 en los Balcanes, uno de los principales objetivos de la Comunidad Internacional ha sido la promoción de la cooperación y de la reconciliación entre los Estados de la antigua Yugoslavia. A pesar de haber creado programas y planes para promover la colaboración, como el Pacto de Estabilidad para el Sureste de Europa (1999), durante los primeros años del s. XXI los gobiernos nacionalistas de los distintos Estados impidieron avances significativos.

La reciente detención en Serbia de Ratko Mladić, acusado de 13 crímenes de guerra, genocidio y violación de las leyes de la guerra, es un paso importante en la cicatrización de las heridas abiertas en los años 90. La detención ha sido posible gracias a la actual coyuntura política en Serbia, la cual ha propiciado una serie de acciones de notable carga simbólica que permiten pensar que se están estableciendo bases sólidas para la reconciliación. A lo largo de los últimos dos años los actos de perdón se han repetido entre los jefes de Estado tanto de Serbia como de Croacia, destacando las visitas del presidente serbio Boris Tadić a la conmemoración de la batalla de Vukovar o de la matanza de Srebrenica. Por su parte, su homólogo croata Ivo Josipović ha participado en los actos de recuerdo de algunas de las principales atrocidades perpetradas contra los bosníacos (nombrados así los bosnios de religión musulmana) por parte de tropas croatas.

Estos gestos simbólicos han ido acompañados de numerosas encuentros al máximo nivel para firmar acuerdos de cooperación política o de seguridad. Una de las más recientes se dio lugar a finales de abril en Karadjordjevo (al norte de Belgrado), donde los presidentes de Serbia, Turquía y de Bosnia acordaron ayudarse mutuamente en el proceso de integración europea. Este acuerdo consolida la voluntad colaboracionista establecida hace un año en Estambul, cuando las mismas partes establecieron no injerir en los asuntos internos de cada Estado.

De izquierda a derecha: los tres presidentes de Bosnia y Herzegovina Bakir Izetbegović (miembro bosníaco), Željko Komšić (miembro croata), Nebojsa Radmanović (miembro serbio), Boris Tadić (presidente de Serbia) y Abdullah Gul (presidente de Turquía). Fuente: Balkan Chronicle

Sin embargo, la situación política en Bosnia y Herzegovina es antagónica a los avances regionales, ya que las élites continúan sin la voluntad de deshacer el endémico bloqueo político, fruto de la compleja y basta estructura administrativa heredada de los Acuerdos de Paz de Dayton (1995). En octubre de 2010 se celebraron elecciones generales, cuyos resultados y posturas posteriores han generado una crisis política que algunos analistas y medios internacionales consideran la peor desde el fin de la guerra.

Estas últimas elecciones han demostrado una vez más las fallas del sistema constitucional de Bosnia y Herzegovina, así como la difícil convivencia política entre los “pueblos constituyentes” bosniaco (musulmán), croata y serbio, que a modo de inevitable triunvirato comparten el poder en todas las instituciones estatales. La actual crisis vino principalmente provocada por la elección de Željko Komšić para el asiento croata de la presidencia estatal, formada por un miembro de cada comunidad. Pese a que Komšić es croata, los partidos croatas más nacionalistas (HDZ y HDZ-1990) no le reconocen como su representante ya que pertenece a las listas del SDP, un partido declarado multiétnico, impidiendo la formación de un gobierno estable en la Federación de Bosnia y Herzegovina.

Esta Federación es una de las dos entidades en que se dividió el país después de la guerra, y en la que cohabitan croatas y bosniacos musulmanes, pero paradójicamente los croatas recibieron el apoyo de los principales partidos serbios, quienes en una reunión conjunta el 25 de marzo en Mostar declararon “ilegal” el gobierno establecido en la Federación (que incluye a partidos croatas minoritarios), y se declararon dispuestos a bloquear indefinidamente la formación del gobierno nacional hasta resolver las disputas en la Federación, de cuyo gobierno no partipican los partidos croatas con más representantes, el HDZ y el HDZ 1990.

El otro elemento que ha alentado esta crítica primavera bosnia ha sido el anuncio de las autoridades de la entidad de mayoría serbia, la República Srpska, de realizar un referéndum sobre la decisión del Alto Representante (virrey internacional que vela por la aplicación de los tratados de paz) de ampliar el mandato de los jueces y fiscales internacionales que trabajan en Bosnia y Herzegovina. El Alto Representante Valentin Inzko amenazó con utilizar los Poderes de Bonn, que le permiten intervenir directamente en la política interna del país, para impedir la convocatoria del referéndum. La amenaza finalmente no se hizo efectiva gracias a la intermediación de Catherine Ashton, jefa de la política exterior de la Unión Europea, que tuvo que desplazarse a la capital de la República Srpska, Banja Luka, para hacer desistir al líder serbobosnio Milorad Dodik de su pretensión.

Debido a su compleja configuración étnica, Bosnia y Herzegovina siempre ha sido considerada uno de los pilares de la estabilidad regional, como lo ha demostrado la Comunidad Internacional con su amplia misión tanto para la pacificación inicial como para la posterior creación de un estado viable política y económicamente. Así, uno de los numerosos esfuerzos diplomáticos ha ido encaminado a elaborar una senda política propia para Bosnia, intentando anular el intervencionismo de las vecinas Serbia y Croacia, y apaciguando en cierta medida los deseos irrendentistas de las respectivas comunidades étnicas. Pero las formas no necesariamente concuerdan con el fondo, y tanto los acuerdos firmados recientemente como las continuas declaraciones de no intromisión a menudo van acompañadas de sutiles campañas de injerencia, como la desarrollada en Montenegro por el gobierno de Serbia.

La Comunidad Internacional es bien consciente de que no se lograrán unos Balcanes Occidentales “plenamente” estables sin solucionar la endémica cuestión bosnia. Ahora el problema radica en que los enfoques aplicados para Bosnia están agotados, por haberse mostrado inefectivos e inapropiados durante la última década. Cómo se van a desarrollar los acontecimientos es toda una incógnita. Hay demasiados agentes interviniendo, demasiados cambios en la agenda exterior e interior, y demasiado poder entre unas élites locales cuyas decisiones y orientaciones pueden cambiar tan rápidamente como lo hacen sus intereses personales y económicos. Unos rasgos que  caracterizan la volatilidad política vivida en los Balcanes durante los últimos siglos, y que hacen que los progresos no puedan ser considerados como victorias.

Lo paradójico de todo ello es que el país más intervenido de Europa en las dos últimas décadas podría poner en peligro los tan preciados avances en la colaboración de los países de la antigua Yugoslavia. Dicha cooperación está siendo sistemáticamente promovida por parte de la Unión Europea con el fin de facilitar la transición política y económica en la región. Pero los poderosos agentes internacionales, de no haber favorecido las fuerzas centrífugas a principios de los 90, se ahorrarían ahora tener que luchar por la integración de todos estos países en las estructuras comunitarias, y lo que es más importante, estarían afrontando problemáticas mucho menos costosas y complejas a nivel humano.

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